La escena la hemos visto repetida mil veces. Miroslav Djukic coloca cuidadosamente el balón en el punto de penalti y se aleja dando pasitos hacia atrás, sin dejar de mirar la portería. Se detiene a la altura de línea frontal del área. Ahora se toca la nariz, después coloca los brazos en jarra, luego se lleva la mano nerviosamente a la boca. Respira hondo, como queriendo capturar en sus pulmones todo el aire de A Coruña. En su rostro se adivina la tensión, el miedo a fallar, el peso de la responsabilidad. Bajo palos, González, el guardameta valencianista. Djukic comienza la carrera. Uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos y el pie derecho golpeando el balón demasiado flojo, demasiado centrado, demasiado inocente, demasiado mal. La siguiente imagen es la de González, sujetada la pelota con su brazo izquierdo y puño derecho al aire. Es el final de un sueño.

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