miércoles, 14 de octubre de 2015

Martín Vázquez y el sexo


“El mejor de la Quinta es Martín Vázquez”. Esta frase la repetían los entendidos durante aquellos años ochenta en que el Madrid ganaba Ligas sin parar y fracasaba una y otra vez en su asalto a la Séptima. Muchos consideraban que Rafael Martín Vázquez era el que tenía más talento de aquella generación, pero lo cierto es que era el único que no terminaba de hacerse sitio en el equipo titular, exceptuando a Pardeza, que terminó emigrando a Zaragoza cansado de luchar contra un mito, según su célebre frase. Salvando las distancias, Martín Vázquez era una especie de Guti: un futbolista de una clase excepcional al que los entrenadores no acababan de encajar, un talento singular que solía desesperar al impaciente Bernabéu. Salvando las distancias, repito.

Mientras Sanchís, Míchel y Butragueño se convirtieron inmediatamente en ídolos de la afición blanca, la explosión de Martín Vázquez se resistía a llegar. Se hablaba de su frágil físico, de cierta debilidad de carácter, de indolencia, de su poca aplicación defensiva, de que el fichaje de extranjeros entorpecía su crecimiento (y eso que entonces sólo se admitían dos por equipo). En fin, los típicos argumentos de ayer y hoy. Hasta que llegó la temporada 1989/90, la del famoso récord de los 107 goles. Aquel año, bajo la dirección de John Benjamin Toshack, Martín Vázquez fue por fin decisivo, brilló como todos los entendidos venían pronosticando desde hacía un lustro. No sólo encontró al fin su lugar en el Bernabéu, sino que se convirtió, de la noche a la mañana, en una superestrella mundial.

Sin embargo, Martín Vázquez tomó entonces dos decisiones que a mí se me antojaron erróneas: fichar por el Torino y dejarse bigote. No digo que fueran decisiones del mismo calado, pero a saber. Lo primero es más o menos demostrable. Nadie sabe qué hubiera sido de su carrera de haberse quedado en el fútbol español, pero es evidente que su aventura italiana no fue precisamente un éxito. Lo segundo, en cambio, entra en el terreno de la percepción personal. Hay hombres a los que les queda bien el bigote y otros a los que no. Sería una herejía discutir los bigotes de Juan Carlos Arteche, Tato Abadía o Carmelo, el Beckenbauer de la Bahía, pero en el de Martín Vázquez siempre vi algo raro, impostado, como si lo llevara postizo, como esas gafas de broma que llevan un bigote postizo pegado a una enorme nariz. Quizás tenga que ver que en aquella época los labios peludos empezaban a estar desfasados y quedaban reservados a unos pocos valientes (inolvidable Sánchez Jara). En favor de Martín Vázquez, eso sí, hay que decir que su bigote era mucho más digno que esas perillas candado que Orenga puso de moda a principios de los noventa (ahí ya debimos sospechar de él) y en seguida hicieron furor entre los futbolistas. Qué desastre estético fue el Mundial 94, entre las perillas, las inútiles tiritas nasales y las camisetas con los horribles rombos de Adidas.

Pero aparquemos la moda y sigamos con cosas serias. En aquellos tiempos, estábamos un día un grupo de amigos adolescentes viendo la típica película pornográfica en VHS, aprovechando la ausencia en casa de los padres de alguno. Desconozco cómo hacen estas cosas los mozalbetes de hoy, en la era de internet, pero antes, cuando unos padres se ausentaban, allí acudíamos raudos los amigos a hacer lo que se esperaba de nosotros: beber alcohol, fumar y ver cine porno. Durante la película, en un momento dado, el protagonista empezó a realizar el preceptivo cunnilingus a la dama. El efecto producido por la superposición del vello púbico de la chica sobre el rostro del actor fue tal que a uno de mis amigos se le ocurrió gritar: "¡Hostia, si parece Martín Vázquez!" Las risas resonaron en todo el edificio, porque tenía razón: el esforzado actor, de cutis perfectamente afeitado antes de entrar en faena, parecía llevar un bigote idéntico al que lucía el futbolista en aquellos días. Conviene recordar que el canon en cuanto a depilación púbica entonces difería bastante del actual. Desde aquel día, entre nosotros, comer un coño se convirtió en hacer un Martín Vázquez.

Ajeno a que se había convertido en una especie de icono sexual entre un grupo de chavales del sur de España, Martín Vázquez continuó con su vida como si tal cosa. Jugó en el Torino, marchó cedido al Olympique de Marsella, se dejó barba, volvió al Madrid, se afeitó, fichó por el Deportivo, apareció en una campaña publicitaria de injerto capilar, se reencontró con Butragueño en el Atlético Celaya y colgó las botas en el Karlsruher alemán, quizás no exactamente en este orden. Mientras se producía todo este ir y venir, alguno de nosotros fue conociendo en sus carnes lo que era hacer un Martín Vázquez. Yo, que en mi vida casi siempre he llegado tarde a todo, tampoco fui precoz en esto, para qué voy a mentir. Quizás por eso, cuando por fin lo logré, en vez de acordarme de Martín Vázquez, acudió a mi mente su compañero Míchel. Concretamente, su grito contra Corea.

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