viernes, 10 de septiembre de 2010

Oda al baloncesto ochentero

Sabonis haciendo añicos un tablero en el mítico torneo de Navidad del Real Madrid; Norris y Fernando Martín librando una lucha sin cuartel por ganar la posición debajo del aro; los hermanos Petrovic, con la camiseta de la Cibona de Zagreb, burlándose de los jugadores del Madrid con el partido ya visto para sentencia; Drazen, ya con los colores blancos, ganando prácticamente solo una Recopa contra el Snaidero de Oscar Schmitdt Becerra; la España de Díaz Miguel venciendo a Yugoslavia en las semifinales de los Juegos de Los Ángeles; Margall errando un triple cuatro años después contra Australia en los cuartos de final de las Olimpiadas de Seúl. Imágenes todas ellas que me vienen a la cabeza cuando, al ver el Campeonato del Mundo que se está disputando en Turquía, mi mente divaga recordando el baloncesto de los años ochenta, el de mi infancia.

No cabe duda de que el baloncesto de hoy es más físico, rápido y táctico. Cada equipo tiene mil sistemas defensivos y ofensivos, los jugadores se machacan en el gimnasio y ya no son los tirillas de antaño. Los equipos son ahora más defensivos, menos sujetos a la improvisación y al talento. El cambio no se produjo de un día para otro pero un momento que se puede tomar como simbólico punto de inflexión es la final de la Copa de Europa que ganó el Limoges en 1993 bajo la dirección de Bozidar Maljkovic. El tanteo, 59-55, es harto elocuente.

En el juego actual, el base ha dejado de ser el director de orquesta, el hombre que, cual guardia de tráfico, organizaba al equipo y decidía la jugada pertinente en cada momento, para pasar a convertirse en un mero transmisor de la jugada mil veces ensayada que el entrenador marca voz en grito desde la banda. Los pívots son ahora consumados especialistas en lanzamiento exterior y las defensas cada vez se imponen más, hasta el punto que los otrora factibles 100 puntos son ahora una quimera inalcanzable.

A diferencia de otros deportes, más inmovilistas, el baloncesto FIBA ha sufrido una constante evolución en estas dos décadas. No tengo claro si a mejor o a peor, pero hacia otra cosa. Yo echo de menos los cada vez más escasos contraataques, los unos contra uno de los pivots de espaldas al aro, los ganchos, los tiros a tablero y los lanzamientos de 5 ó 6 metros. Añoro los tiempos en que el lanzamiento de tres puntos era sólo un recurso más y no el obligado fin de la mayoría de las jugadas. Incluso, desde el punto de vista estético, considero reivindicables esos pantalones ajustados que marcaban lo que había que marcar y esas camisetas ceñidas en detrimento de las enormes equipaciones actuales, siempre un par de tallas por encima de lo recomendable.

Es posible que esta reivindicación del baloncesto que algunos considerarán prehistórico tenga más que ver con motivos sentimentales que objetivos. Alguien dijo que en la infancia se vive y después sólo se sobrevive y algo de eso puede haber en esta nostalgia mía. Mis recuerdos vagan entre posesiones de treinta segundos y unos más uno y se detienen en la selección de la todopoderosa Unión Soviética, cuando aún era una y enorme -no tanto libre-, donde formaban el gigante torpón Tachenko y el prometedor juvenil Sabonis junto a Alexander Volkov, Valdis Valters y Tikhonenko. También viene a mi mente la Italia de Antonello Riva, Marzorati, Brunamonti y Walter Magnifico y aquella Grecia que sorprendió derrotando a los soviéticos en el Europeo disputado en tierras helenas en 1987, con un estelar Gallis bien secundado por Giannakis, Fassoulas y Christodoulou. Y recuerdo con especial emoción a la selección yugoslava que deslumbró en el Mundobasket de 1990 -Zdovc, Petrovic, Paspalj, Radja y Divac, menudo cinco titular- antes de que el país saltara por los aires.



Rememoro también aquella incipiente ACB que tenía equipos con nombres tan políticamente incorrectos hoy en día como Licor 43 o Ron Negrita. En aquellos tiempos cada equipo sólo podía contar con dos extranjeros, americanos en la gran mayoría de los casos. Jugadores como John Pinone, Audie Norris, David Russell, Kevin Magee, Granger Hall, Reggie Johnson, Brad Branson, Wayne Robinson o el centroafricano Anicet Lavodrama marcaban la diferencia. El puesto de base estaba reservado normalmente a jugadores nacionales, algo que no es extraño dada la excelente nómina existente: Corbalán, Solozábal, Quim Costa, Llorente, Vicente Gil, Chichi Creus, Pepe Arcega. Tras los Juegos de Los Ángeles, en 1984, fue instaurada en Europa la línea de tres y empezaron a surgir tímidamente los primeros especialistas: Epi, Margall, Beirán, Brian Jackson, Biriukov (con su horrible pero efectiva mecánica de tiro) y el gran Chicho Sibilio, probablemente el primer gran triplista que hubo en España.

Aunque añore aquel baloncesto también disfruto mucho con el que se juega hoy. Por fortuna, la esencia del juego sigue siendo, al fin y al cabo, la misma: meter más canastas que el rival. Eso no hay entrenador balcánico que lo cambie.

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