martes, 21 de enero de 2014

Nuestro Eindhoven


Cómo pensar entonces, en aquella tarde fría y soleada, que aquello no era un final más, de esos que acostumbrábamos de cuando en cuando, sino el final definitivo, fundido a negro, títulos de crédito y si te he visto me acuerdo lo justo. Cómo imaginar que después de ese abrazo a medias sólo quedaría el hola y el qué tal te va, el cuánto tiempo y el tenemos que quedar algún día, el qué bien te veo y el ya te llamo si eso. Visto con perspectiva todo parece tan claro como inevitable, pero entonces no. Entonces parecía otra despedida de tantas, dolorosa pero transitoria; parecía que aún teníamos todo el tiempo del mundo y mil cosas por compartir.

Si te dijera que ahora pienso en Eindhoven, tú no entenderías. Supongo que para ti Eindhoven es sólo una ciudad lejana del norte de Europa, pero para mí significa algo más, algo que estúpidamente termino relacionando con aquello, con nosotros despidiéndonos bajo el sol del invierno y con ese nos vemos pronto, cuídate. Pienso en la chilena de Hugo Sánchez, despejada por Van Breukelen, y en el suizo Bruno Galler pitando el final con el minuto noventa apenas cumplido, y en seguida un mar de camisetas azules rodeando al árbitro camino de los vestuarios.

Recuerdo Eindhoven, recuerdo la decepción y la tristeza, pero también la certeza de que aquello no era el fin de nada, la convicción de que pronto habría más oportunidades. La sensación de punto seguido. La desilusión, claro, pero en seguida la esperanza. La seguridad de que era un traspié más, como Múnich antes, la confianza en un continuará con final feliz; y el vacío tiempo después, al mirar atrás y ver cómo acabó todo.

A estas alturas me mirarías, ya sí empezando a entender, o al menos a intuir, con las cejas enarcadas y la condescendencia en los ojos (no siempre fue así: hubo un día en que eran risas cómplices y qué cosas tienes, pero ahora sería incomprensión y desdén y hastío). Me preguntarías qué coño tiene que ver un partido de fútbol con lo nuestro. Y tendrías razón. Nunca supe explicarme sino con metáforas idiotas.

Sin embargo, cada vez lo veo más claro: aquella tarde fue nuestro Eindhoven. Poco después llegó el Milan de Sacchi y entonces el hola y el qué tal te va, el cuánto tiempo y el tenemos que quedar algún día, el qué bien te veo y el ya te llamo si eso. La distancia y Gullit. La frialdad y Van Basten. El olvido, o algo que intentaba serlo. El 5 a 0.

Y ahora quedan Tenerifes y fichajes frustrados. Hagi y Prosinecki. Palos de ciego, cual Benito Floro (con el pito, gritamos, intentando conjurar nuestra vulnerabilidad). Y queda confiar en que, cualquier día de estos, cuando menos lo esperemos y más perdidos parezcamos estar, aparezca Mijatovic.

2 comentarios:

NADIE dijo...

Felicidades, fantástico texto, hacía tiempo que no me pasaba por su bitácora y me ha llamado la atención la entrada. El resultado ha superado con creces las expectativas.

Kike Utopia dijo...

Me encanta tu blog, me trae muchos recuerdos y todos los artículos están muy bien escritos.
Para mi Eindhoven marcó en cierto modo un antes y un después. Era un niño, tendría unos diez años y rompí a llorar cuando terminó el partido. Me había parecido una gran injusticia y no recuerdo una derrota más amarga de mi equipo. Pensé que nunca tendría oportunidad de verle Campeón de Europa hasta que cerca de otros diez años después se produjo y luego he tenido la suerte de ver hasta tres títulos más.
Aquel era un gran equipo y creo que no se le ha hecho demasiada justicia. Esta claro que entonces la Copa de Europa era muy distinta a la de ahora.

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