lunes, 12 de noviembre de 2012

A la perdición por una pulsera


“Sin embargo, de camino al bar pensé que todo acabaría mal. Parece absurdo, pero es cierto. No oía mis pasos, eran los de un hombre muerto”. La frase la pronuncia Walter Neff, el personaje interpretado por Fred MacMurray en Perdición, mediado el metraje del film. A MacMurray, a pesar de que todo ha salido bien, a pesar de que no hay ningún cabo suelto, le asalta de pronto esa molesta sensación. Nosotros, que hemos visto empezar la película, que hemos escuchado su confesión (“Yo lo maté. Lo maté por dinero y por una mujer. No conseguí el dinero ni tampoco a la mujer”) sabemos que su repentina impresión es fundada. Efectivamente, es un hombre muerto.

Desde el principio del film somos conscientes de lo que va a pasar -Wilder se ha encargado de ello-, pero no entendemos la magnitud de la tragedia hasta que no vemos los pies de Barbara Stanwyck descender las escaleras de su casa, hasta que no vemos el primer plano de sus tacones y su tobillo desnudo adornado discretamente por una pulsera. La imagen de los pies de Stanwyck (Phyllis Dietrichson en la película) y la conversación posterior entre ambos protagonistas, sutilmente tórrida y aguda, impregnan la atmósfera de una fatal sexualidad. Wilder no necesita mostrarnos más de la cuenta. El ágil diálogo y el juego de miradas son harto elocuentes. A partir de ese momento, sabemos que la suerte está echada.

Y cuando se consuma el acto cruel, nosotros sólo vemos el rostro de Stanwyck, sus hermosos ojos que pasan del miedo a la satisfacción, a un placer que se diría macabramente sexual, sin atisbo de culpa o arrepentimiento. Y sentimos pena por el pobre MacMurray. Y a la vez, en nuestro fuero interno, nos sorprendemos pensando que posiblemente hubiéramos hecho lo mismo, que es inútil resistirse a una atracción así. Y rezamos por no encontrarnos un día, bajando una escalera cualquiera, a nuestra Barbara Stanwyck, con tacones y pulsera, conscientes de que sería nuestra perdición.

No sabría decir con exactitud por qué Perdición es mi película favorita de mi director favorito. Quizás por la tensa atmósfera que nos atenaza durante hora y tres cuartos, impidiéndonos despegar los ojos de la pantalla, a pesar de que conocemos de sobra el desenlace. Quizás por las prodigiosas interpretaciones de Stanwyck, MacMurray y Edward G. Robinson. Tal vez por el primorosa y astutamente engarzado guión, obra de Wilder y el escritor Raymond Chandler, y por los afilados diálogos. Acaso por la sensualidad que impregna todo sin que apenas se vea un mísero escote o porque soy un amante incondicional de la novela y el cine negro, del cual Perdición es paradigma. Tal vez sólo se trate de la irresistible atracción que sentimos por las historias al límite, por los amores fatales y los destinos abocados al fracaso. Sea como sea, les aseguro que estamos ante una de las grandes obras de la historia del cine. Si no me creen a mí, hagan caso a dos hombres que algo saben de esto:

“Perdición es la mejor película jamás realizada”. Woody Allen
“Después de Perdición, las dos palabras más importantes de la historia del cine son Billy Wilder”. Alfred Hitchcock.


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Texto publicado originalmente en el blog Dentro de la Sala.

3 comentarios:

supersalvajuan dijo...

Y yo sin verla

George Best dijo...

Eso hay que arreglarlo.

jlg dijo...

Ya somos dos.
También es mi película favorita de mi director favorito.

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