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miércoles, 4 de julio de 2012

El fútbol ya sí mola

Se quejaba Nick Hornby, en un pasaje de su imprescindible novela autobiográfica Fiebre en las gradas (1992), de que la gente que sólo lo conocía en su vertiente futbolera le preguntaba casi con monosílabos qué tal iba su Arsenal, volviéndose de inmediato para hablar con otro interlocutor de la vida en general, como si ser un ferviente hincha de un club de fútbol lo inhabilitara para ser capaz de sostener una conversación sobre cualquier asunto medianamente serio. Puede que a los aficionados más jóvenes esto les parezca exagerado, ya que las cosas han cambiado en los últimos años, pero cuando yo, hace casi dos décadas, leí estas palabras de Hornby me sentí bastante identificado.

En aquellos tiempos, en los círculos más o menos intelectuales, el fútbol era visto como un entretenimiento para mentes holgazanas, una prolongación del circo romano para tener entretenida a la ignorante plebe. Si disfrutabas con el balón y te movías en determinados ambientes tenías dos vías: llevar tu afición en silencio, cual hemorroides, o soportar las miradas mezcla de incomprensión y conmiseración cuando decías que te ibas a casa porque había un apasionante partido de Copa de Europa. ¿Cómo podía alguien medianamente ilustrado, alguien que leía a Borges y Wilde, veía películas en V.O. y disfrutaba con música que no sonaba en los 40 disfrutar viendo a unos tíos dándole patadas a un balón? ¿Acaso era posible amar fútbol y literatura a la vez y no estar loco?