Quién sabe si existe el amor para toda la vida. Ese amor eterno del que tanto hablan novelas, películas y, sobre todo, canciones y que es tan difícil encontrar en la vida real. Cada vez resulta más complicado encontrar personas que afirmen haber estado toda la vida enamoradas de la misma persona. Uno escucha a esas parejas ancianas que presumen de ser novios desde su adolescencia y de haber convivido felices durante décadas y siente una incómoda mezcla de ternura y admiración, pensando que está ante algo anómalo, ante una especie en extinción. Este amor único de largo aliento que en las relaciones humanas cada vez nos resulta más extraño y anacrónico es, sin embargo, condición imprescindible para cualquier aficionado al fútbol. Cuando uno es de un equipo de fútbol lo es con todas las consecuencias y hasta el final. Son extraordinariamente raros los casos en que uno decide abandonar el equipo de sus amores y unirse a otra afición. Sin embargo, esto no te impide flirtrear con otros e incluso tener una breve, intensa e inocente aventura.
En mi vida de aficionado han sido varias veces las que he sentido la necesidad de disfrutar de esos breves idilios, encandilado por el estilo y la belleza de determinados equipos. No me malinterpreten, yo siempre amé al equipo al que un día, sabe Dios por qué, decidí seguir y así será hasta el final de mis días, aunque haya tenido épocas en que haya abjurado de él y a veces haya preferido no seguir sus partidos para evitarme disgustos. Pero ha habido a lo largo de mi etapa como futbolero equipos que me han hecho disfrutar enormemente, breves aventuras que me hicieron gozar y entregarme a una fugaz lujuria.