A principios de la década de los 90, Johnny Cash no se encontraba precisamente en un momento álgido de su carrera artística. Lejos quedaban los días de vino y rosas, los tiempos de ‘I Walk the line’ y ‘Ring of fire’, de entusiasmar a multitudes desde el escenario y destrozar habitaciones de hotel; lejanas también las gloriosas grabaciones en la prisiones de Folsom y San Quentin. Los ochenta habían sido unos años especialmente estériles. El éxito de sus últimos discos era cada vez más escaso y la industria discográfica se iba olvidando de un cantante al que ya consideraba amortizado. El propio Cash, desencantado y falto de ilusión, empezaba a conformarse con vivir de los éxitos pretéritos.
