Anoche, tras terminar el partido Villarreal-Real Madrid, entré en twitter para pulsar el estado de la nación futbolística y ver de qué se hablaba. A los cinco minutos, harto de árbitros, penaltis, expulsiones, robos y villaratos, salí de la red social. Este jaleo insoportable es algo que se repite, cada vez con mayor intensidad, cada vez que juegan Madrid o Barcelona y que está alcanzando últimamente niveles exasperantes, pero anoche colmó mi paciencia, porque a mí lo que en realidad me apetecía era hablar de tacones.
Que nadie se alarme, no pienso ponerme ahora a confesar mis parafilias. El fetichismo lo dejaremos para otro día. El detonante de mis pensamientos fue el primer gol del Madrid, con el fenomenal desmarque y posterior brillante definición de Cristiano Ronaldo, precedido por un oportuno, preciso, sutil, clarividente y maravilloso pase de Ozil con el tacón. Es una pena que un gesto técnico tan bello (y práctico, ojo) como el del alemán pasara inadvertido entre tanto ruido en torno al arbitraje.