Sabonis haciendo añicos un tablero en el mítico torneo de Navidad del Real Madrid; Norris y Fernando Martín librando
una lucha sin cuartel por ganar la posición debajo del aro; los hermanos Petrovic, con la camiseta de la Cibona de Zagreb, burlándose de los jugadores del Madrid con el partido ya visto para sentencia; Drazen, ya con los colores blancos,
ganando prácticamente solo una Recopa contra el Snaidero de Oscar Schmitdt Becerra; la España de Díaz Miguel
venciendo a Yugoslavia en las semifinales de los Juegos de Los Ángeles; Margall errando un triple cuatro años después contra Australia en los cuartos de final de las Olimpiadas de Seúl. Imágenes todas ellas que me vienen a la cabeza cuando, al ver el Campeonato del Mundo que se está disputando en Turquía, mi mente divaga recordando el baloncesto de los años ochenta, el de mi infancia.
No cabe duda de que el baloncesto de hoy es más físico, rápido y táctico. Cada equipo tiene mil sistemas defensivos y ofensivos, los jugadores se machacan en el gimnasio y ya no son los
tirillas de antaño. Los equipos son ahora más defensivos, menos sujetos a la improvisación y al talento. El cambio no se produjo de un día para otro pero un momento que se puede tomar como simbólico punto de inflexión es la final de la Copa de Europa que ganó el Limoges en 1993 bajo la dirección de Bozidar Maljkovic. El tanteo, 59-55, es harto elocuente.